¡Allá vamos!

Ser y Estar en la Izquierda

Desontologizar para Refundar

Publicado: 2014-04-04

Una precisión conceptual

El concepto de izquierda ha sido empleado en los últimos dos siglos para referirse a los movimientos que impulsaron el proyecto político de la modernidad. Antes de ellos, no hubo políticos que hayan merecido desde la historia académica esa denominación; tampoco los movimientos conservadores que surgieron luego podían merecerla, salvo, como ha ocurrido a veces en la prensa, para distinguir a los “blandos” de los “duros”, lo que es casi una banalidad. Ello porque la lucha por la igualdad, o, mejor, por una especificación determinada de igualdad, es la característica común a todos los movimiento de izquierda [1]. Los socialistas, en líneas generales, exigen igualdad en relación a las condiciones de vida material, los demócratas la igualdad en los derechos políticos, mientras que los liberales lo habían hecho antes con respecto a los derechos civiles. Como se recordará, el término político izquierda, nace en setiembre de 1789, cuando en la Asamblea Nacional francesa se deshizo el orden vertical de los escaños del Antiguo Régimen –el rey arriba en el trono, luego los nobles y el clero por encima de tercer estado–, dando lugar a un ordenamiento horizontal que permitiese un mejor agrupamiento de los votos en torno a un tema crucial: el derecho de veto del rey. En este ordenamiento, se ubicaron a la derecha de la presidencia los que estaban a favor de la estructura social y de ese derecho especial, mientras que a la izquierda se ubicaron quienes, como los liberales y republicanos, eran contrarios a cualquier privilegio nobiliario y anhelaban un nuevo orden sin castas ni cargas feudales, donde impere la igualdad ante la ley. La izquierda nacía pues con un claro distintivo: la lucha por una igualdad no establecida legalmente [2].

De lo anterior se desprende que el concepto de izquierda no es substancial ni absoluto sino fundamentalmente relacional y espacial. Como señalan varios teóricos políticos –especialmente Norberto Bobbio y Michelangelo Bovero–: nadie puede ser de izquierda sin otro que está a la derecha y viceversa. Por ello mismo, lo que en un momento está en la izquierda, puede luego no estarlo si se opone a nuevas demandas de igualdad. En un momento donde prima el privilegio de casta, el liberalismo de las élites burguesas esta a la izquierda, en la medida que afirma la igualdad ante la ley, pero en otro momento, donde hay quienes luchan por la igualdad de oportunidades, como los demócratas, los liberales sociales, y por la igualdad material, como los socialistas, ese tipo de liberalismo resulta reubicado en la derecha. Por lo mismo, el liberalismo social –ayer con el presidente Roosevelt y su política de New Deal y hoy con los gobiernos socialdemócratas– representó y representa, por su componente igualitario, una opción política de izquierda dentro de los horizontes del capitalismo (aunque al lado de los comunistas, se convirtiera en una opción de centro izquierda, como veremos luego [3]).

La polarización derecha/izquierda con el tiempo dio lugar al centro político. A diferencia de la izquierda, la realidad del centro no tuvo un punto de partida cumbre como la asamblea de 1789 y fue de aparición simultánea en Europa a mediados del siglo XIX como resultado de transacciones en el parlamento de sectores moderados de la izquierda y de la derecha. Surgieron luego el centrismo como sensibilidad política y los movimientos políticos que se presentaban como “de centro”, sea porque tuvieran la intención de tomar distancia de los extremos o porque quisieron conciliar aportes concretos de ambas tendencias. Sin embargo, aunque se asumiera una u otra manera de ofrecer una posición centrista la experiencia histórica ha demostrado que el centro extremo, perfecto y equidistante, ha sido y es casi siempre un imposible, debido a que las fuerzas de centro pueden ganarse una mayor enemistad de uno de los dos extremos. De ese modo, estará en el espacio de centro izquierda o en el de centro derecha.

El centro, como se dijo arriba, no siempre surge de una intención primigeniamente centrista; también es resultado de un reajuste ideológico y luego estratégico de las organizaciones políticas (o al revés, como suele ocurrir), sean de izquierda o de derecha. Dentro de cada una de las grandes tradiciones de la modernidad se desarrollaron, tendencias de “derecha” y tendencias de “izquierda”. Esto es particularmente evidente en la corriente socialista, donde hubo “desviaciones de derecha” (socialdemocracia, eurocomunismo, partidos prosoviéticos en América Latina) y de “izquierda” (infantiles, radicales, guerrilleros), que eran sancionadas por una línea política autocalificada de correcta. El resultado para efectos de lo que aquí interesa ha sido que el radicalismo ocupaba el espacio de la extrema izquierda en el sistema político; la “línea correcta”, el espacio de izquierda y, finalmente, el desviacionismo “de derecha” reformista ocupaba el espacio de centro izquierda, codeándose con los partidos de centro derecha.

Una última consideración. Desde la derecha extrema hasta la extrema izquierda, los movimientos políticos deben su existencia en principio a su propia iniciativa proposicional. Eso no significa, como nadie ignora, que los movimientos políticos existen al margen de las demandas y estados de ánimo que los diversos sectores de la población procesan. Este es un tema capital para entender los alcances de una propuesta de centro izquierda [4]. Así pues, una opción moderada de izquierda, lejos de ser una desviación oportunista, como podría pensarse desde una óptica extremista, sería más bien la respuesta a una extendida demanda de políticas moderadas de un amplio sector del electorado en un contexto de crecimiento capitalista. Cuando la izquierda no está a la altura de esa situación, y se confina en la intransigencia, ese electorado buscará alternativas en las facciones de centro derecha.

Izquierda y derecha en el Perú

Pese a la influencia francesa en la coyuntura de la independencia y sobre todo pese a que en la post independencia hubo quienes defendieron ideas socialistas, además de líderes liberales con principios igualitarios [5], la política en el Perú del siglo XIX no se organizó en función de la diada derecha/izquierda, sino más bien alrededor de confrontaciones entre republicanos y monárquicos (aunque solo en el inicio), librecambistas y proteccionistas (al menos hasta que llegó el auge del guano), liberales y conservadores, militares y civiles, entre otras dicotomías. Esa ausencia es parte de una historia común a varios países donde la polaridad izquierda/derecha a veces se produjo solo de manera implícita, como en los Estados Unidos, o fue avanzando explícita pero lentamente, desde mediados del siglo XIX, como en varios países europeos y (aunque en mucho menor medida) latinoamericanos, impulsada por una voluntad de carácter democrático-liberal, primero, y socialista después. Una voluntad con la suficiente capacidad de actuación en el escenario como para reconfigurarlo en base a esa oposición. En otras palabras, lo ocurrido en el Perú es parte de la historia de unos conceptos –derecha e izquierda– que, nacidos en la modernidad francesa, van relocalizándose en diversos escenarios.

Lo anterior no quiere decir que no podamos encontrar, retrospectivamente, pensadores y políticos liberales que estaban a la izquierda de los conservadores, con planteamientos en alguna medida similares a los de la revolución francesa, aunque solamente en el espíritu de “los hombres del 89”. Son aquellos que en 1823 estaban a favor de la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley, “ya premie, ya castigue”, y de la abolición de la condición legal de la nobleza (pensemos en los que siguen a Sánchez Carrión contra los seguidores de San Martín y Monteagudo que apuntan, con la monarquía y la creación de la Orden del Sol, a una renovación del estamento nobiliario). Son también aquellos que defienden el voto indígena contra la tesis de la soberanía de la inteligencia (pensemos en Benito Lazo y quienes lo siguen en su lucha contra Bartolomé Herrera en el congreso de 1846); los que abogan por la abolición de la esclavitud (los hermanos Gálvez y otros contra el grupo de Pardo y Aliaga y Pando); quienes denuncian la inundación de importaciones y reclaman una compensación a favor de los sufridos artesanos (José Lecaros y La Zamacueca Política contra José Silva Satiesteban y otros apologistas del puro libre comercio); los que luchan por la supresión del tributo indígena y por la defensa de la “raza india” (como José Casimiro Ulloa en 1853, la Sociedad Amigos de los Indios, años después, y varios otros liberales que denuncian a quienes quieren prolongar su servidumbre).

Sin embargo, esa voluntad capaz de reconfigurar el escenario en función de aquella diada, no existió. Una razón básica es que ningún grupo de los que podemos ubicar en el lado izquierdo de una determinada coyuntura se percibió a sí mismo y en todo momento como formado por hombres “de izquierda” [6] (que sería la primera condición para la aparición de esa polaridad), lo que no está desligado de la influencia doctrinaria. Efectivamente, una serie de influencias no francesas registradas desde la independencia, no favorecieron razonar el escenario político en términos de izquierda y derecha. Como sabemos, desde el inicio de la república se registró la impronta decisiva de la asamblea de Cádiz. En ese recinto, como ha precisado el filósofo Gustavo Bueno, no hubo izquierda ni derecha, sino otras polarizaciones, como el anticristo versus los cristianos, a la hora de representar el conflicto. Otra influencia importante fue la anglosajona, mucho más decisiva que la francesa en la constituyente de 1828, pero igualmente importante en la de 1823. Por ejemplo, en Sánchez Carrión, ligeramente inspirado en Rousseau y sobre todo dependiente de fuertes imágenes e ideas de la política estadounidense [7]. En cuanto a influencias francesas, hubo significativo impacto de autores que no estarían precisamente en la izquierda posterior a la revolución, como Benjamín Constant, incluso al promediar el siglo XIX, cuando en la misma Francia, tras el “48”, había un auge del pensamiento democrático en sus variadas tendencias, incluyendo la liberal-democrática. Por ejemplo, en los hermanos Gálvez, seguidores de Constant (al igual que Lorenzo Vidaurre veinte años atrás). Coherente con esto los liberales que rescatan la experiencia francesa, salvo excepciones, se identifican, como indicamos, con el espíritu de 1789 y no con el de 1793 [8]que, ya para entonces, subyace a los movimientos liberal-democráticos (e incluso socialistas) que en Europa empiezan a expandir el espacio de la izquierda. De modo que en la independencia no hubo un solo estilo de hacer política y posteriormente no hubo una afinidad intelectual con quienes, en Europa y especialmente en Francia, tenían la iniciativa en la creación de aquella diada, o sea los izquierdistas. Esa fue la tendencia central, pues hubo también algunas excepciones dignas de tener en cuenta. Es el caso de Juan Bustamante y muy aparte los radicales seguidores de Francisco de Bilbao, que conectaron con ese espíritu, aunque luego cambiaran de opinión. También de los ya mencionados editores de La Zamacueca Política y un poco después de Francisco de Paula González Vigil, quien siendo liberal conectó con el socialismo utópico. Vigil sostenía que el individuo solamente en la asociación se hará fuerte, que las desigualdades sociales deberían estar fundadas en el interés de la sociedad, y los que más valen y más tienen deben auxiliar a los necesitados: “Los poderosos […] se hallan obligados a repartirles una parte siquiera de esa superabundancia, para satisfacer el hambre, tal vez ocasionada por ella, para vestir la desnudez y para aliviar otras necesidades […] y entonces tendrá sentido puro, racional y cristiano la palabra socialismo” [9]. Y principalmente, del gran Benito Lazo, duro combatiente de los conservadores, “aquellos a quienes suena tan mal la palabra igualdad” y “creen que la muchedumbre debe esencialmente ser obediente e ignorante”. Lazo tenía una lectura de la historia basada en la lucha entre oprimidos y opresores (que él toma de fuentes pre marxistas): “La historia del hombre no es otra cosa que la pintura de la esclavitud de los más, y de la ambición de unos cuantos, y del estado perpetuo de guerra en que se ven los pueblos entre oprimidos y opresores”. Una tesis precursora en el Perú y totalmente vigente y que Lazo sostiene sin jamás abandonar los principios del liberalismo político [10].

Pero, como veníamos diciendo, aunque hubo quienes sintonizaron con el espíritu democrático del “48” y en general quienes desarrollaron un decidido combate a los conservadores, estos políticos no llegaron a tener un impacto que pudiera traducirse en un movimiento de izquierda permanente. Además, la mayoría no tuvo esa inamovible dureza contra el conservadurismo: muchos de los que en una coyuntura podían ubicarse en el lado izquierdo, en la medida en que esgrimían planteamientos favorables a la igualdad, en otra podían sostener planteamientos que no la favorecían, o simplemente no avanzaban más. Por ejemplo, Pedro Gálvez y algunos miembros de la Sociedad Amiga de los Indios, que terminaron en el Partido Civil, de tendencia liberal-conservadora. Y también Francisco Lazo –hijo de Benito– quien en los finales de su vida, integrando el naciente civilismo, terminó desdiciendo en cierta medida el liberalismo de su juventud. Solo en las postrimerías del siglo, con el clima reflexivo tras la derrota frente a Chile y la figura arrolladora de Manuel González Prada y sus manifiestas alabanzas a la obra de “los hombres del 93” [11], surgieron agrupaciones y activistas diversos en Lima y en provincias con continuidad en el tiempo que reivindicaron un espacio de izquierda en el Perú. Radicales [12]y librepensadores desarrollaron una intensa labor de organización y propaganda, con corresponsales en provincias, continuada luego por los anarquistas. Se inicia allí un movimiento imparable sobre cuya base se crean otros, el aprismo y el socialismo, con ramificaciones que se prolongan hasta nuestros días [13]. Sin embargo, en ese momento, y pese a que ahora sí había esa condición mínima, la dualidad derecha/izquierda no actuaba todavía para configurar la realidad política con la misma potencia con que lo hizo a partir de los años sesenta del siglo XX.

Varios hechos ayudan a explicar esta tardanza. Entre 1890 y 1920 las nuevas corrientes igualitarias –principalmente radicales y anarquistas– tuvieron una presencia débil o exterior al sistema político, dominado por una disputa entre organizaciones ligadas a la oligarquía, los gamonales y los sectores medios provincianos (Partido Civil, Partido Constitucional y los partidos Demócrata y Liberal), y después de 1920 por el autoritarismo leguiista [14] . Luego de 1930, cuando las nuevas corrientes igualitarias tuvieron mayor peso político, éstas pusieron énfasis en las identidades particulares, lo que se explica en parte por los niveles de antagonismo que tomó la rivalidad entre apristas y comunistas, hecho que dificultaba la construcción de un espacio común. También hay que mencionar que los sectores antioligárquicos enfatizaban la naturaleza clasista de la confrontación política (clases trabajadoras contra las fuerzas de la feudalidad, en el caso de los marxistas y algunos indigenistas; la plutocracia contra el pueblo, en el caso de los apristas), en respuesta a los sectores dominantes que administraban el conflicto como una lucha entre la civilización y las hordas antipatrióticas del comunismo. En un sistema político no competitivo y de fuerte represión, como en los años de la crisis oligárquica, la lógica de guerra no dejaba espacio para la racionalidad política. En ese contexto, difícilmente podía plantearse una contienda en términos argumentativos de izquierda y derecha.

Los términos de la contienda y el léxico político peruano se modifican a fines de los años cincuenta y principios de los años sesenta del siglo XX como resultado de la descomposición del régimen oligárquico; la recolocación del partido de Haya de la Torre primero en el espacio de centro izquierda y luego, en los sesentas, de centro derecha; el surgimiento de nuevas organizaciones reformistas (Acción Popular y Democracia Cristiana) enfrentadas al régimen oligárquico; y, lo más importante, la emergencia de nuevos grupos de izquierda que empezaban a crecer estimulados por fenómenos externos, como la ola democratizadora internacional y las revoluciones de China y Cuba, y nacionales, como el surgimiento de una nueva clase obrera industrial en las ciudades y el pujante movimiento campesino. El principal y más creativo de estos grupos, el Movimiento Social Progresista (1956 – 1962), nació como una organización de nueva izquierda, con un fuerte contenido técnico y un mensaje crítico de la URSS y de los regímenes estalinistas, con una militancia y electores conseguidos en los trabajadores y en la clase media, todo lo cual lo hacía aparecer como de centro izquierda. El MSP lo habían formado gentes sin tradición marxista, del mundo del derecho, la antropología, las ingenierías y la arquitectura, estimulados por intelectuales con ciertas orientaciones socialdemócratas como León Barandiarán y Jorge Basadre. Sin embargo, la revolución cubana (1959), que había remecido a todos los partidos de raigambre anti oligárquica, desde AP y el PAP hasta el PCP, jugó a favor de las tendencias radicales del socialprogresismo que terminaron por reubicarlo junto con los demás grupos en el socialismo autoritario. Estas agrupaciones, tras su fracaso en las elecciones de 1962 [15], se unieron en 1967 –sumando más grupos– en el frente Unidad de Izquierda y lograron posicionarse en el camino a las generales de marzo 1969 (que no se realizaron por el golpe del Velasco Alvarado en octubre de 1968) [16]. Había pues surgido un respetable campo poblado por partidos que, pese a sus diversos intereses, reclamaban un mismo origen ideológico –el marxismo–y un mismo norte –el socialismo–; y surgía simultáneamente un concepto de izquierda empleado para referirse al conjunto de esos partidos, tanto por los que se consideraban de esa tendencia como por los que no lo eran. De ese modo, la expresión izquierda, que había ganado reciente carta de ciudadanía, quedaba homologada con la expresión socialismo revolucionario. Así ocurrió incluso en algunas coyunturas o espacios de análisis muy específicos, donde aparentemente se vislumbraban otras vías para la izquierda.

Uno de estos momentos fue el Gobierno de Velasco (1968 – 1975), un populismo inestable cuyas posiciones respecto a la izquierda, tibias hasta 1971, favorables después de ese año, fueron finalmente adversas a partir de 1974, pero que, en conjunto, podría considerarse como un gobierno de centro izquierda (al margen de que su propuesta dicotómica no era izquierda/derecha, se definiera como “ni comunista ni capitalista” y alentara la gran propiedad privada industrial [17]), pues identificaba como sus enemigos a la oligarquía y un sector del imperialismo, como en los mejores tiempos del partido aprista. Un sector de la izquierda, el PC “Unidad” y algunos personajes del entonces ya extinto MSP, le dan su apoyo con la expectativa de que el proceso se enrumbe por la vía socialista, mientras que otro sector, enclavado en Sinamos, el aparato gubernamental de movilización corporativa, busca llevarlo por una vía pretendidamente inédita de plena democracia participativa, donde la socialización del poder político no supondría la democracia representativa ni el pluralismo, posición que no se diferenciaba mucho de la del Partido Comunista yugoeslavo [18]. Estos sectores aliados del velasquismo criticaban y calificaban de “ultraizaquierda” a los grupos maoístas, guevaristas, trotskistas y vanguardistas que estaban en la oposición. Sin embargo, pese a su moderación verbal, ideológicamente era muy poco lo que los separaba (todos estaban hermanados en la fórmula socialismo sin pluralismo político) y sus iniciativas no dejaban de ser más radicales que las del gobierno militar.

Al margen de la experiencia velasquista, los partidos de izquierda y la intelectualidad vinculada a ellos realizaron un trabajo histórico y semántico que reforzaba la asociación entre izquierda y revolución. Según esta perspectiva, la izquierda en el Perú habría surgido en los principios del siglo XX con González Prada y la propaganda clasista y revolucionaria de librepensadores y anarquistas [19]. Antes de estos no hubo discursos igualitarios o libertarios que podrían rescatarse como antecedentes de la izquierda. El Apra, continúa el argumento, nunca habría sido de izquierda, ni siquiera en sus orígenes. Dos ideas básicas para cerrar la posibilidad a otras maneras de conceptuar la izquierda [20]. Este trabajo se vio favorecido por la propia realidad, la contundente realidad de los años setenta. En primer lugar, los esfuerzos de Haya de la Torre por reubicarse nuevamente en el espacio de la izquierda, como “izquierda democrática”, solo tuvieron credibilidad en sectores radicalizados de la militancia aprista [21], de modo que el PAP seguía estando en el centro derecha del espectro. En segundo lugar, en esos mismos años se registró un crecimiento dramático de las facciones revolucionarias. Una indagación de Letts Colmenares en 1978 –el año de la Asamblea Constituyente, primer momento cumbre de esta tendencia donde logra un tercio de los escaños–, daba como resultado “20 organizaciones de izquierda, todas marxistas” [22]. Así las cosas, con partidos que en su momento rehusaron presentarse como de centro izquierda (AP, DC), con agrupaciones que pasaron de la moderación a una mayor vinculación con el comunismo (MSP), con el aprismo que fue evolucionando de la izquierda al centro derecha y con la proliferación de grupos marxistas, era razonable la equiparación entre izquierda y revolución. Razonable, al menos hasta 1990 en que la izquierda se diluyó como la sal en el agua y con ella la diada derecha/izquierda, hasta casi desaparecer. Y sin embargo la equiparación izquierda y socialismo persistió con mucha fuerza, y no solo en los grupos radicales que conforman la izquierda peruana actual, sino en general en la opinión pública peruana. La izquierda ha sufrido una serie de derrotas electorales, ha perdido peso en vastos sectores populares; incluso, como es fácil comprobar, el marxismo ha sido derrotado en la academia, donde otras perspectivas críticas han ocupado su lugar, pero esa forma de conceptuar la izquierda ocupa un amplio espacio en la subjetividad, siendo un pesado lastre para las posibilidades de su refundación en el Perú.

Hacia la Refundación (Reflexión final)

El núcleo del problema radica en lo siguiente. Un término fundamentalmente relativo, izquierda, es concebido como un concepto ontológico. Se trata de una construcción discursiva que al centrarse en el  ser sin considerar el estar pone el acento en la componente ideológica más que en la relacional, más en la identidad basada en el pasado y en el proyecto hacia futuro –la gran utopía– que en el aspecto programático presente y de mediano plazo. Así en el Perú muchos asocian “ser de izquierda” necesariamente con la adhesión a Marx o a Mariátegui, a Fidel Castro o a Hugo Chávez, como ayer a Enver Hoxa o Mao Tse Tung [23]. No se concibe fácilmente un izquierdista sin ligaduras fuertes con personajes procedentes del marxismo. No me refiero obviamente a la existencia de opiniones particulares sino del entramado conceptual dominante en el Perú. Ser de izquierda en nuestro país es luchar contra la violación de los derechos humanos y la perpetuación de las desigualdades injustas, pero también es oponerse estratégicamente al mercado, aunque tácticamente permitirlo. Ser de izquierda es proyectar el socialismo, entendido como la colectivización de los medios de producción. Quizás por ello, intelectuales con cierta figuración pública que abogan por un Estado que se convierta en “un ente corrector de las situaciones injustas, indignas y aberrantes que casi inevitablemente generará el mercado”, se ven obligados a precisar –y es una lástima– su no pertenencia a la izquierda, a pesar de que en los hechos sus posiciones se ubican a la izquierda del aprismo, del fujimorismo y de la tecnocracia neoliberal [24]. Están a la izquierda pero no son de izquierda. También hay intelectuales y políticos críticos incluso al interior de algunas de esas organizaciones, que perciben la importancia para el país de hacer explícito un amplio movimiento de izquierda moderada, en los niveles programático, simbólico y organizativo. Lo que se requiere ahora es desarrollar una propuesta que construya la izquierda a partir del rescate de varias tradiciones ideológicas, incluyendo algunas tradiciones liberales del pasado peruano, y tienda puentes con los demócratas no socialistas de la actualidad, y así poder fundamentar un gran argumento para el país.

Y es en función de esa propuesta que se aprecia la necesidad de desontologizar el concepto de izquierda y en ello el trabajo de los historiadores puede ser de gran utilidad. Pensar la idea de “estar en la izquierda” nos lleva a observar que no hay una forma esencialista de ser de izquierda y que más bien se debería tomar en cuenta que la izquierda un tiempo pudo ser liberal y republicana y en otros socialista utópica y liberal social; radical-liberal y anarquista, aprista y marxista (en todas sus variantes, incluyendo la ecologista), y a partir de ahí a considerar la apropiación de algunas tradiciones ideológicas que en las últimas décadas han sido marginadas o asumidas con bochorno por la izquierda. Una de ellas: la tradición liberal [25].

Reconocer la importancia del estar es abrir la puerta a la pluralidad de posiciones dentro de la izquierda, incluyendo a las que se mueven dentro de los horizontes del capitalismo o que ven su transformación, conservando el mercado y en el largo plazo; posturas ambas con mayores argumentos prácticos y éticos que la derecha tradicional y que las expresiones revolucionarias del marxismo, ya que, en efecto, la historia y la realidad presente nos ilustra con creces sobre las experiencias de capitalismo (aquellas impulsadas por socialdemócratas o sus equivalentes fuera de esa tradición) muy superiores en bienestar material y en libertades (y por ello más deseables) que las que impulsaron el liberalismo económico y el socialismo revolucionario. Estas experiencias democráticas y políticamente plurales ofrecen además una mayor viabilidad en una no descartable transición hacia una sociedad poscapitalista, posiblemente liberal socialista [26].

Reconocer la validez del “estar en la izquierda” es al mismo tiempo tomar en cuenta la legitimidad de las diversas lógicas democráticas, incluso las de los electores que se encuentran empíricamente en el centro, sin las cuales es imposible lograr una mayoría social que haga posible un gobierno de izquierda en el Perú. Por el contrario soñar con el apoyo de un electorado de centro a un programa de corte radical es ignorar que esos ciudadanos, junto a ciertas reivindicaciones igualitarias, expresan demandas relacionadas con el orden, la seguridad, el consumo y la modernización del país –temas de la derecha, pero que indirectamente ayudan a quienes buscan igualdad–, imposible de cumplir sin inversiones. En cambio, un programa que quiera expresar esas demandas y construir un espacio de centro izquierda, asumiría el reto de un camino popular pero no antiempresarial, una propuesta que ponga énfasis a los instrumentos de la política, sin abandonar los mecanismos de la economía en la solución de los problemas.

Lima, 4/04/2014

1- Con el tiempo y bajo el influjo de las nuevas expresiones del republicanismo cívico, del ecologismo, feminismo y del posmodernismo, nuevos principios se han incorporado como ideas fuerza de la izquierda, entre los que se encuentra el principio del reconocimiento de la diferencia. Temas fascinantes que aquí lamentablemente no podemos más que mencionar.

2- Ver Norberto Bobbio, Izquierda y derecha. Razones y significados de una distinción política. Madrid: Taurus, 1995.

3- Como dice Michelangelo Bovero, “El que afirma ´soy de izquierda` no responde a la pregunta ´¿quién eres?`, ´¿cuál es tu identidad política?`, sino a la interrogante ´¿en dónde estás respecto a otros, cuál es tu ubicación?`. Por ello, ´izquierda` es un concepto relativo, o mejor dicho, relacional, y los caracteres sustanciales que permiten identificar a los sujetos políticos que ocasionalmente se ubican ´a la izquierda´ cambian cuando cambian los términos de la relación”. Ver artículo del autor “La izquierda, la derecha, la democracia” en Revista nexos No. 348, México: Diciembre de 2006

4- Sigue siendo de suma utilidad los trabajos de Ludolfo Paramio reunidos en Tras el diluvio. La izquierda ante el fin de siglo, Barcelona, Siglo XXI, 1990; y de Adam Prezworsky, Capitalismo y socialdemocracia. Madrid, Editorial Alianza, 1988.

5- Sobre la componente igualitaria en las corrientes liberales del XIX, ver Zapata, Antonio y Rolando Rojas, ¿Desiguales desde siempre? Miradas históricas sobre la desigualdad. Lima, Instituto de Estudios Peruanos, diciembre de 2013.

6- O mujeres de izquierda, si pensamos en Mercedes Cabello y Clorinda Matto, aunque para los finales del XIX.

7- Sobre la influencia doctrinal anglosajona durante la independencia ver: Carmen McEvoy, “Seríamos excelentes vasallos y nunca ciudadanos. Prensa republicana y cambio social en Lima (1791 – 1822)”, en Sobre el Perú. Homenaje a José Agustín de la Puente Candamo, T. II, Lima: Fondo Editorial PUCP, 2002. Sobre la influencia de la tradición alemana ver: Alex Loayza, “La segunda generación liberal. Transiciones hacia nuevas formas de participación política en la sociedad civil limeña, 1850 – 1857”, Tesis Mag. en Historia, Lima, UNMSM, 2005.

8- como lo muestra expresamente José Casimiro Ulloa. Ver: Un peruano, El Perú en 1853. Un año de su historia contemporánea. Paris, Imp. Maulpe y Nerrou, 1854.

9- Francisco de Paula González Vigil, “Importancia y utilidad de las asociaciones” [El Constitucional, Lima: 1858], en Educación y Sociedad, Lima, Instituto Nacional de Cultura, 1973, pp. 47-48.

10- Por lo que debemos reivindicarlo desde la izquierda. La cita proviene de su texto: El poder de la fuerza y el poder de la Ley [El Constitucional, Lima 1858], Lima, Ediciones –la Hora del Hombre, 1947, p. 16.

11- Manuel González Prada, Obras, T.I,V. I, Lima, Ediciones Copé, 1985, pp. 272-275.

12- Así les llamaban a los miembros de la Unión Nacional en alusión los movimientos liberales en Europa y en América Latina de pensamiento llamado radical.

13- algunos radicales y librepensadores se hicieron anarquistas y socialistas. Algunos de estos últimos se hicieron apristas y comunistas. Del PAP salió luego el MIR, una de cuyas facciones fundó el MRTA. Del comité organizador que fundó Mariátegui, salieron el Partido Socialista de Luciano Castillo y el Partido Comunista; y de este último, varias organizaciones , incluido el PCP SL. Mariátegui, sobre todo, fundó una tradición de la que son tributarios casi todos los grupos de izquierda en el Perú.

14- Una experiencia (poco recordada por la izquierda peruana) con cierta capacidad de incursión en el sistema político la encarnó el Partido Liberal Independiente, de Arequipa, liberales con elementos doctrinales socialistas, que muy pronto terminaron subsumidos en el Partido Liberal de Augusto Durand y por ello mismo en una política de conciliación con fuerzas conservadoras. Sus principales figuras (Francisco Mostajo y Lino Urquieta), aun cuando estuvieran dentro de esta organización y sobre todo posteriormente, siguieron jugando, aunque esporádicamente, roles de izquierda en la política peruana. La Unión Nacional, fundada por González Prada, tuvo igual destino: muchos de sus miembros se inscribieron en el PL.

15- Ese año se presentan tres listas de izquierda a las elecciones nacionales (MSP, Frente de Liberación Nacional y Partido Socialista) que en conjunto logran menos del 2 por ciento. Tras la derrota el MSP se disolvió. También nace el Frente de Izquierda Revolucionaria y otros que se sumaron al Partido Obrero Trotskista , que venía del año 1947, al histórico Partido Comunista y al Partido Socialista que se gestaron a finales de la década de 1920. Paralelamente va surgiendo el Ejército de Liberación Nacional y el Apra-Rebelde se transforma en Movimiento de Izquierda Revolucionaria. En el segundo lustro de la década de 1960, surge una nueva e importante agrupación, Vanguardia Revolucionaria, producto de la unión de varias tendencias que pronto tuvieron vida independiente.

16- En las elecciones para diputaciones vacantes en Lima y la Libertad, Unidad de Izquierda, logró un importante 15 por ciento de los votos. Rafael Roncagliolo, ¿Quién ganó? Elecciones, 1931 – 1980, Lima, DESCO, 1980, p. 42. En 1969-1970 aparecen nuevos grupos maoístas (Patria Roja, Sendero Luminoso, Estrella Roja y Bandera Roja) que empiezan a crecer en las universidades.

17- Ver: Velasco, La voz de la revolución. Discursos. Lima, Ediciones Peisa, 2 vols. 1970-1972.

18- Ver: Carlos Delgado, El proceso revolucionario peruano: testimonio de lucha. México, Siglo XXI Editores, 1972; Carlos Franco, La revolución participativa, Lima, Mosca Azul Editores, 1975. Una postura similar a esta última era la del ex líder trotskista Isamel Frías. Ver, La revolución peruana. La vía socialista. Lima, Editorial Horizonte, 1971. Aunque Frías al poco tiempo cambió de opinión y viró hacia el sector derechista del gobierno militar.

19- Esta tesis, en líneas muy generales, había sido predicada por Mariátegui. Ver “Antecedentes y desarrollo de la acción clasista” en Ideología y política. Lima: Empresa Editorial Amauta, 1970. Sin embargo, en algunos momentos, por ejemplo para referirse a los años 1920, el Amauta incluye a ciertos liberales dentro de la izquierda.

20- Estas ideas se encuentran plasmadas en diversos documentos partidarios que serán motivo de otro ensayo. A pesar de que posteriormente aquellos intelectuales dieron una mirada distinta respecto a los orígenes del Apra, esta visión no ha tenido impacto en la cultura política de izquierda.

21- Esta tesis, en líneas muy generales, había sido predicada por Mariátegui. Ver “Antecedentes y desarrollo de la acción clasista” en Ideología y política. Lima: Empresa Editorial Amauta, 1970. Sin embargo, en algunos momentos, por ejemplo para referirse a los años 1920, el Amauta incluye a ciertos liberales dentro de la izquierda.

22- Ver, Ricardo Letts, La izquierda peruana. Organizaciones y tendencias. Lima, Mosca Azul Editores, 1981, p. 55. Otro momento cumbre fue la elección de Alfonso Barrantes Lingán como alcalde de Lima, “primer alcalde marxista de América Latina”, como se le ha llamado en varias oportunidades.

23- Incluso no ha faltado quienes –y esto es no es solo entre gente mayor de 50– durante los debates en las redes sobre las protestas en Venezuela, sostuvieron que Fuerza Social y quienes condenaron los excesos del gobierno de Maduro, no son de izquierda. Otros, más prudentes, pero no por ello acertados, sostiene que solo se trata de una izquierda que le conviene a la derecha.

24- Como el filósofo Pablo Quintanilla: “No soy de izquierda y nunca lo he sido…aunque siempre me he considerado una combinación de socialcristiano y socialdemócrata”. Ver: “Qué es un caviar?” en Diario 16, http://diario16.pe/noticia/15620-a-quae-es-ser-un-caviar.

25- Fue notoria la renuencia –en el congreso de Tierra y Libertad – a usar el término liberal, innecesaria en quienes asumen la democracia representativa con plena convicción y no como caballo de Troya. Como notorio fue también el énfasis en la palabra libertario, de correcto abolengo revolucionario.

26- Lo que vendrá o deberá venir más adelante, las tareas el futuro, es algo sobre lo que poco podemos hacer y sobre todo debemos hacer en nuestros días. Tenemos suficientes retos y responsabilidades en la actualidad como para asumir desafíos que a otros corresponderá.


Escrito por

Augusto Ruiz Zevallos

ARZ es historiador y ensayista, además de profesor de Realidad Nacional y Filosofía de la Historia en la UNFV y en la UCSUR.


Publicado en

Pasado y Presente

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