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Las clases medias y la izquierda en el Perú

Historia y presente

Publicado: 2013-12-04


Durante décadas la izquierda peruana evitó hablar en términos de clase media y prefirió la expresión pequeña burguesía en sus diagnósticos y en su propaganda. Con excepción de algunos intelectuales que en los años 80 empezaron a hablar de “capas medias”[1], el léxico político de la izquierda estuvo dominado por categorías oficiales del marxismo. Luego, cuando algunas de éstas fueron perdiendo utilidad, en su lugar quedó el silencio, especialmente con relación a esos sectores. En nuestros días no se habla más de pequeña burguesía, salvo en la izquierda más extrema –y como antes, casi siempre con una connotación peyorativa. Pero es notoria la renuencia a emplear el concepto de clase media, en especial el concepto recreado y difundido no solo por los analistas sino también por los nuevos actores que se perciben a sí mismos como miembros de esa capa de la sociedad. Al decir “silencio” y “renuencia al término” no me refiero al mundo de los académicos, donde más bien uno encuentra avances de los que no se puede prescindir [2] (tampoco aludo a un gracioso que desde la izquierda se burla de la clase media de los conos). Me refiero más bien a las organizaciones políticas que en los últimos años muestran una dinámica organizativa que podría convertirlas en un fenómeno importante, electoralmente hablando, y que, sin embargo, adolecen de algunos puntos débiles en el terreno ideológico y programático, particularmente en el tema de las cada vez más numerosas nuevas clases medias. Organizaciones respetables que en las recientes semanas, en medio de un debate agitado sobre la naturaleza y dimensiones de esas nuevas clases medias, no se han pronunciado sobre el tema. Esto último se puede advertir, por ejemplo, en las discusiones y los documentos del congreso del Movimiento Tierra y Libertad, donde las clases medias están totalmente fuera de discurso[3]. Estos hechos, en primer lugar, ponen en evidencia cierta incapacidad de estas agrupaciones para moverse políticamente dentro de los espacios de significabilidad ya construidos, y en segundo lugar, permiten observar cierta continuidad con algunas imágenes e ideas obsoletas del pasado y su relación con el estancamiento actual de las izquierdas.

I

Con respecto a lo primero, podemos decir que la izquierda de los años 20, la de Mariátegui y la del joven Haya de la Torre, fue mucho más sabia, pues sus discursos se expresaban, casi siempre, en términos de fusión de la Ratio con la Oratio (como en el ideal ciceroniano) a través, en principio, de la incorporación de preconceptos y emociones de la audiencia. Por ello, ambos personajes empleaban indistintamente las expresiones “pequeña burguesía” y “clase media”, a pesar de que eran adherentes al marxismo. Como sabemos, Marx y Engels en el Manifiesto comunista habían acuñado el concepto de pequeña burguesía y lo emplearon en ese y otros documentos para referirse a las diversas capas de rentistas, propietarios, comerciantes y profesionales que no son ni la burguesía ni las clases trabajadoras[4]. Berstein, Kautski, Lenin, Trotsky y el marxismo europeo de los años 20 fueron aún más enfáticos en el uso analítico y beligerante de “pequeña burguesía”. “Clases medias”, que en tiempos de Marx fue empleada por políticos liberales franceses y por escritores estadounidenses ya para los finales del siglo XIX había ingresado a la sociología. Por una de estas vías, o quizás por varias a la vez, la expresión ingresa al Perú en los finales del siglo XIX, y pronto se convierte en moneda corriente en el espacio académico (Joaquín Capelo la emplea en su Sociología de Lima, 1898-1902), en el escenario político (aparece en discursos) y en el mundo mismo de la clase media: en 1919, mucho antes que en Buenos Aires[5], los empleados de comercio de Lima ya se autodefinen como “de clase media” y además se autoperciben como la parte más importante de esa clase[6]. Así pues, la expresión clase media, siendo también de origen foráneo, había sido relocalizada con gran éxito en el Perú de principios del siglo XX. En cambio “pequeña burguesía” resultaba una expresión un tanto extraña.

En ese contexto, Haya de la Torre y Mariátegui emplearon las palabras clase media en parte para traducir el concepto marxista de pequeña burguesía, una intención comunicativa, y también en parte para acercarse a una realidad particular, un ejercicio hermenéutico que sobrepasaba al dogma. Ambos autores percibieron que mientras en Europa la pequeña burguesía era un conjunto de grupos sociales reducidos y en agonía, en el Perú la clase media era más numerosa y resistente a la proletarización. Ninguno de los dos autores cuestionaba la interpretación de Marx sobre la transitoriedad de la pequeña burguesía y su carácter tendencialmente regresivo; solo constataban que en América Latina ese proceso iba por una vía muy lenta. Esta realidad, lejos de ser exclusiva de nuestras sociedades, era compartida por la mayoría de los países de la periferia del capitalismo y por ello las izquierdas de Asia y de América Latina, a la hora de determinar quiénes eran los “blancos” y quiénes las “fuerzas motrices de la revolución”, debían de tener en claro el papel que cumplirían esos sectores dentro de la estrategia general. Mao TseTung, por ejemplo, señalaba que los profesionales, estudiantes, artesanos y pequeños comerciantes “sufren la opresión del imperialismo, el feudalismo y la gran burguesía y se acercan cada vez más a la ruina y la indigencia” y por ello deberían ser ganados y sus intereses protegidos: “pueden sumarse a la revolución y apoyarla, y son muy buenos aliados”[7].

¿Podían los sectores medios del Perú sumarse a la lucha contra el imperialismo y sus aliados internos? Este problema lo planteó Mariátegui en la revista Amauta en 1927 al entonces dirigente del movimiento aprista, dando inicio a la polémica. Para sorpresa de muchos, debo decir que no fue Mariátegui sino Haya de la Torre quien dio una respuesta similar a la que ofreció el camarada Mao[8]. El joven Haya pensaba en 1927/1928 que en la oficina y en el almacén el imperialismo explotaba a esos trabajadores. Además, las clases medias, igual que los obreros, se veían perjudicadas con el alza del precio del ferrocarril que estaba en manos de capitalistas foráneos. Los pequeños propietarios agrícolas e industriales, también se veían desplazados por la explotación directa de los capitales extranjeros. Finalmente, los altos impuestos que se cargan a los artículos de consumo, los paga la clase media, tanto como los obreros, para favorecer el pago de la deuda externa contraída por el Estado con el capital extranjero [9]. En El antimperialismo y el Apra, Haya matiza un poco su optimismo, señalando que un sector de la clase media se alía con el imperialismo, aunque precisa que se trata de una “parte mínima”. De ese modo, campesinos explotados por los gamonales, obreros y clases medias, oprimidos por el imperialismo, podían formar un frente único en pos de la revolución. Durante ese proceso, la preeminencia en cuanto a reivindicaciones la tendría la clase campesina, dado que somos países feudales, donde ella es mayoritaria. Luego la clase obrera y finalmente la clase media. “Si invirtiéramos ese orden”, precisa Haya, “caeríamos de nuevo en el Estado burgués”[10]. Al contrario, la idea era un Estado que primero nacionalizara la riqueza y luego la entregara a quienes la trabajen y la aumente: “su socialización progresiva bajo el contralor del Estado”[11].

Mariátegui, en cambio, a pesar de que en 1925 pensaba en una posible “actitud nacionalista revolucionaria” de la clase media, a partir de 1927 se mostró contrario a esta idea (condicionado por la áspera pugna por el liderazgo entre él y Haya de la Torre y por sus crecientes vínculos con elementos de la Comintern). Ni del pequeño burgués mestizo, que imita al blanco –dice Mariátegui–, ni de la muchacha de clase media, “la huachafita” que prefiere casarse “con un hombre de raza invasora”, puede esperarse una actitud antimperialista. Además, continúa, las políticas de liquidación de la feudalidad, mediante la creación de la pequeña propiedad o la expropiación del latifundio, no van contra sino más bien favorecen los intereses del imperialismo. Por último, las empresas extranjeras representan para los empleados un mejor sueldo y una posibilidad de ascensión[12]. Por ello, en los “Principios Programáticos del Partido Socialista”, en el acta de constitución de ese partido, en los documentos enviados a las conferencias de Montevideo y Buenos Aires y en la correspondencia entre los grupos revolucionarios, no hay una posición favorable a las clases medias como agentes de la revolución. A lo más, algunas referencias a los derechos de los empleados y a los “elementos conscientes de la pequeña burguesía” con los cuales trabajar para “dirigir a las masas hacia las ideas socialistas”[13], es decir, individuos. En suma, mientras que Haya está planteando una alianza tripartita entre campesinos, proletarios y clases medias, Mariátegui propone la alianza obrero-campesina, marginando a la “pequeña burguesía”. Digamos, para finalizar esta sección, que la actitud de Mariátegui constituye una prefiguración de lo que va a ocurrir con mayores dimensiones luego de su muerte cuando el estalinismo prosoviético dominó la izquierda peruana sin cuestionamientos fuertes hasta la aparición del maoísmo y de la “nueva izquierda” en la década de los sesenta. A partir de esta década, mucho también será prefigurado por la postura del joven Haya de la Torre.

II

En efecto, en las décadas posteriores, en los años que van de 1960 a 1990, las posiciones de las izquierdas con relación a las clases medias, hacen recordar los debates de los años 20, aunque no bebieran directamente de esa fuente. Algunos partidos, como el viejo PC iniciaron un acercamiento a los empleados bancarios y maestros, mientras que los grupos trotskistas o semitrostkistas, sea por sus anclajes proletarios o campesinos, o por el dogmatismo de sus teorizaciones, minusvaloraron a las clases medias. Otros partidos, como el MIR, Patria Roja, PCR-clase obrera, Bandera Roja, etc.[14], fueron un poco más atentos con la denominada “pequeña burguesía revolucionaria” –es decir, profesores y empleados públicos con tendencia al empobrecimiento–, gracias al impacto teórico del maoísmo: la impronta del informe de Mao TseTung, “La revolución china y el Partido Comunista de China” –a veces usado como plantilla– se puede apreciar en la V Conferencia Nacional del PCP Bandera Roja (1965) y –aunque en menor medida– en la Séptima Conferencia Nacional del PC del P Patria Roja (1974) y la II Conferencia Nacional del PCR (1979). Estos partidos fueron en teoría más abiertos con las capas medias empobrecidas y –en los años 80 en el frente Izquierda Unida– con los micro y pequeños empresarios emergentes, pero en la práctica, con relación a estos últimos, no lo fueron tanto, pues estaban concentrados más en su identidad como pobladores marginales “en tránsito hacia la proletarización” –tan deseada por la izquierda revolucionaria– que en su identidad como emprendedores deseosos de prosperidad –tan anhelada desde que poblaron las ciudades–. Lo irónico de todo era que los pujantes e informales propietarios, pese a sus anhelos de progreso, estaban predispuestos para un argumento de centro-izquierda o al menos populista, pero no neoliberal –lo que se evidenció en el respaldo de Apemipe, el gremio de los micro y pequeños empresarios, a Cambio 90, primer rostro del fujimorismo, en el combate político y hasta étnico contra la derecha económica y mediática alineada con el Fredemo. Entretanto, en la escena intelectual, aunque hubo quienes plantearon una apertura discursiva hacia esas clases, como parte de una reorientación más realista de la izquierda, lamentablemente, pese a que tenían una impecable fuerza argumental, carecieron –a la hora comunicarse con la militancia– de una imagen que fuera a la vez sencilla y poderosa, que apelara a las emociones y los preconceptos y no solo a la razón, como sí la tenía el sector más radical de los intelectuales que transaba con la doxa popular y el simbolismo andino, aunque con una propuesta argumental no racional: la socialización de la pobreza “que la pobreza sea compartida entre todos”[15], una manera cruda de decir en voz alta lo que murmuraba la mayor parte de la izquierda revolucionaria. Era la discusión entre los llamados “zorros” y los llamados “libios”. En ambos casos, Ratio y Oratio marchaban separados.

Sin embargo, para efectos de lo que estamos analizando –y a fin de entender por qué incluso las izquierdas “más abiertas” fallaron con relación a las clases medias–, es necesario señalar que las diferencias entre ambos lineamientos de la izquierda a lo largo del siglo XX, solamente son de grado, pues el joven Haya, como Mariátegui, pensaba que el socialismo era la meta[16], y por ello su “revolución antimperialista”, que era al mismo tiempo “antifeudal”, era solo una fase previa a la fase socialista, tal como lo planteaba Mao con su “revolución de nueva democracia”[17]. La velocidad y el mecanismo con los que se pasaría de una fase a otra, eran distintos para ambos pensadores, ciertamente, pero –y esto es lo que importa precisar aquí– el joven Haya, al igual que Mao de los años 30 y sus seguidores en el Perú de los 70-90, también estaba pensando en la liquidación histórica de esas capas de pequeños propietarios de la ciudad y del campo, a quienes les pedía apoyo y defendía pero pensaba más tarde expropiar y proletarizar[18]. Digamos que el joven Haya y los maoístas peruanos le daban un tiempo más de vida, un respiro más, a las clases medias, hasta el momento en que fuera estrictamente necesario, mientras que Mariátegui y quienes planteaban un gobierno obrero-campesino, les ofrecían el tránsito inmediato a la proletarización.

Estas ideas surgían evidentemente de la adhesión a un aspecto central de la utopía marxista: la abolición de la propiedad privada de los medios de producción. Solo cuando se abandonaba o al menos se ponía entre interrogantes ese objetivo (como lo hizo Haya de la Torre en 1931, el Movimiento Social Progresista en 1956-1958, la intelectualidad velasquista en los años 70 y los sectores maduros de la izquierda en los años 80), podía registrarse una relación más armoniosa con las clases medias. En cambio, cuando se mantenía ese ideal, los lineamientos hacia la pequeña burguesía, los dos lineamientos que hemos mencionado, se traducían, en los hechos, en dos tipos de relaciones problemáticas e improductivas: a) una relación nada sincera –y por tanto manipulativa– con sectores a los que en el futuro se iba a liquidar –un vínculo, además, que estaba condicionado por la potencialidad que los líderes pudieran percibir en esos sectores en términos de movilización, que, hoy como ayer, sigue siendo, lamentablemente, la única fuente de poder que la izquierda peruana construye en el combate por el espacio político; y b) una relación de creciente desconfianza de parte de la clase media tradicional y de la que empezaba a pugnar desde la pequeña empresa, hacia quienes tan sincera y crudamente quieren verlas como proletarios y no le ofrecen nada más que la utopía. Ambas conductas, a la larga contribuyeron –junto a otros factores ciertamente– a restarle autoridad a la izquierda, alejándola no sólo de las clases medias emergentes sino también de los sectores pobres, en suma, a empequeñecer su existencia electoral.

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Desafortunadamente para quienes deseamos una izquierda intensa y vigorosa en el Perú, esa adhesión al proyecto político del marxismo (que es la madre de las incongruencias de una izquierda que manifiesta su intención de optar por el liberalismo político y de aceptar muchas lógicas democráticas), sobrevive en la periferia y en la militancia de los aparatos partidarios, y esta herencia sigue actuando para que la izquierda peruana mantenga con los sectores emergentes la misma relación potencialmente conflictiva que la lleva a no ver la necesidad de lograr una mayoría social que permita realizar los cambios que el Perú requiere. De momento, esa influencia se manifiesta en la invisibilización que los grupos de izquierda –absorbidos por la lucha sindical o la movilización en torno al tema de la mina– hacen de los sectores emergentes y en algunas opiniones divulgadas en las redes en respuesta a quienes exageran las dimensiones de la nueva clase media, opiniones que revelan una inercial inclinación a ver el paisaje en blanco y negro ahí donde hay varios colores, incluso matices. Y si bien estos matices son a veces altamente subjetivos (en efecto, una parte entusiasta de la población ha traducido su nueva condición de no-pobre como ser de clase media), en términos políticos eso no puede dejar de sopesarse, pues en base a cómo los ciudadanos quieren ser tratados es que van a modelar sus demandas ante la política, cosa que esos críticos parecen no tomar en cuenta. No puede negarse que entre los políticos de izquierda hay grupos y personas con un giro pragmático hacia posiciones más cercanas a la moderación. Sin embargo, ese pragmatismo, en lugar de un previo zanjamiento teórico, también es un problema, pues su antiguo estilo, sus prejuicios y su incomprensión los conducen al mismo resultado. No extraña entonces que Susana Villarán, en plena campaña, mencione a las lavanderas de San Juan de Lurigancho sin referirse a los sectores laboriosos en permanente ascenso, como tampoco extraña, claro está, el amplio voto en contra que la izquierda obtuvo en esa y otras zonas similares durante el referéndum de marzo de 2013; y por supuesto en las recientes elecciones del 24 de noviembre. No sorprende, finalmente, que los nuevos, pero no por ello novedosos, grupos de la izquierda radical prefieran silenciar el tema. Es la realidad de una izquierda –la peruana– que solo juega en épocas de crisis “para agudizar las contradicciones”, y que le es difícil pensarse a sí misma como una izquierda que pueda ser gobierno. Una izquierda que no ha hecho una sanación consigo misma y con su pasado, no podrá nunca ofrecer una solución convincente de los problemas del país. (Lima, 27/XI/2013)

Notas

[1]César Germaná, “Capas medias y poder en el Perú”, en Revista Mexicana de Sociología, V. 43, Jul-Set, 1981, pp. 1169-1186.

[2]Es interesante por ejemplo la compilación realizada por Desco: Perú hoy. La clase media ¿existe? (Lima, Desco, 2003); igualmente interesante, una perspectiva que en cierto modo complementa algunas aproximaciones del libro de Desco, se encuentra en: Rolando Arellano, Al medio hay sitio. Crecimiento social según los estilos de vida. Lima, Editorial Planeta 2010.

[3] El Congreso de T&L se realizó los días 1,2 y 3 de noviembre de 2013. Ver: http://tierraylibertad-lima.blogspot.com/p/documentos-congreso-nacional-ordinario.html

[4]Solo en una oportunidad Marx y Engels usan la expresión clase media en dicho manifiesto y lo hacen de manera descriptiva, no analítica.

[5] Ver artículo de Ezequiel Adamovsky y Valeria Arza, “Para una historia del concepto de `clase media´. Un modelo cuantitativo aplicado a la revista Caras y Caretas. 1898 – 1939”, en Desarrollo Económico, V. 51, No. 204, Enero, 2012, Buenos Aires.

[6] En los estatutos de la Sociedad de Empleados de Comercio de 1923 se precisa como uno de sus objetivos la defensa de los intereses de sus miembros “y de la clase media en general”. Citadopor David Parker, The idea of the middle class, white-collar workers and Peruvian society, 1900-1950, Pensylvania, University Press, 1998, p. 74.

[7] Mao TseTung, “La revolución China y el Partido Comunista de china”, en Obras Escogidas, T. II, Pekín, Ediciones en Lenguas Extranjeras, 1971, pp. 333-334.

[8]Para sorpresa de muchos, digo yo, que probablemente recuerden que el Amauta estaba a punto de adherir oficialmente a la Tercera Internacional, a la que pertenecía Mao TseTung, mientras que Haya se iba distanciando cada vez más de ella y se iba impresionando con el Kuomintang por su experiencia como “partido-frente único”, que él cree corresponde a los países no europeos en la fase antimperialista de la revolución. Sin embargo, no debería sorprender a nadie, teniendo en cuenta que Haya de la Torre defendía la revolución rusa, como señalan Flores Galindo; pensaba, como explica Nelson Manrique, bajo las premisas teóricas del marxismo; y, como señalaron Carlos Franco y José Aricó, se movía dentro del esquema general del marxismo latinoamericano. El mismo Haya lo admite: “La doctrina del Apra significa dentro del marxismo una nueva y metódica confrontación de la realidad indoamericana con las tesis que Marx postulaba para Europa “. Ver: V.R. Haya de la Torre, El antimperialismo y el Apra, Santiago de Chile, Ediciones Ercilla, 2ra. Ed., 1936, p. 117.

[9]V.R. Haya de la Torre, “Sobre el papel de las clases medias en la lucha por la independencia económica de América Latina”, en revista Amauta, 9, 1927.

[10]EAA, p. 149.

[11]EAA, p. 74. Agreguemos también su discrepancia con la experiencia mexicana, “infectada de tendencia pequeñoburguesa” donde la pequeña burguesía se ha servido de la revolución en lugar de que sea al revés. EAA, p. 154.

[12]José Carlos Mariátegui, Ideología y Política, Lima, Empresa Editorial Amauta, 1980, pp. 87-95.

[13] José Carlos Mariátegui, “Carta Colectiva del Grupo de Lima”, en Mariátegui, J.C., El proletariado y su organización, México, Editorial Grijalbo, 1970, p. 118. Ver también Ideología y política, p. 163 y 164.

[14]Sendero Luminoso teóricamente se inscribe en esta perspectiva, pero su naturaleza como movimiento armado hace necesaria una reflexión aparte.

[15]Alberto Flores Galindo, citado por Augusto Ruiz, ”Alberto Flores Galindo. Marco socio político, fronteras teóricas y proyecto” en Histórica, Vol. 35, No. 1 (2011). Lima, Fondo Editorial de la PUCP. http://revistas.pucp.edu.pe/index.php/historica/article/view/2811/2741

[16]“La revolución proletaria, socialista, vendrá después. Vendrá cuando nuestro proletariado sea una clase definida y madura para dirigir por sí sola la transformación de nuestros pueblos” (EAA, p. 122).

[17]Mao TseTung, “Sobre la Nueva Democracia”, en Obras Escogidas, T. II, Pekín, Ediciones en Lenguas Extranjeras, 1971, pp. 353-400.

[18]Como en Rusia, según el mismo Haya, donde, cumplida la etapa de la NEP, llegará el día en que se realice el programa máximo, es decir, “la entrega total de la producción a los productores y la eliminación absoluta de la pequeña burguesía y de la pequeña propiedad” (EAA, p. 75; el énfasis es mío).


Escrito por

Augusto Ruiz Zevallos

ARZ es historiador y ensayista, además de profesor de Realidad Nacional y Filosofía de la Historia en la UNFV y en la UCSUR.


Publicado en

Pasado y Presente

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